sábado, 17 de febrero de 2018

Amor y su significado

Amar. ¿Y qué es amar para ti? Nadie sabe exactamente qué es ese sentimiento que te recorre el pecho al que hemos denominado 'amor'. Amar, amar incondicionalmente, amar como hermanos, como amigos.
Siempre leemos que amar es doloroso, que siempre que ames alguien saldrá herido. Estoy cansada de amor que duele, amor que mata. Estoy harta de ver cómo personas se deshacen frente al amor. Amar es lo más grande que tenemos y debería ser sinónimo de felicidad y no haber cabida a la acepción de dolor.
Me prometí amarme a mí antes que amar a otra persona. Desgastaba mis nudillos en aprender cómo era eso de querer a alguien sin darme cuenta que antes de nada me debía querer a mí. Con mis miedos, mis imperfecciones, mis ojeras permanentes y mi sonrisa esa que nunca quiero sacar a la luz.
Tenemos miedo a amar y que no nos amen, tenemos miedo a amar y no recibir. Debemos acabar con este mal amar que tanto miedo y dolor nos genera.

Te quiero, te quiero libre y feliz.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Rechazo y otros miedos.

Miedo al rechazo.
Me miro al espejo y  nunca veo con claridad quién está al otro lado. Unos ojos negros clavándose en los míos, un rostro serio y apagado examinando cada rincón que se encuentra en el reflejo. 
'La mujer perfecta', para muchos. Interesante, guapa...y rota. Rota por tantos  y sin poner resistencia alguna. 

Por miedo al rechazo. 

Un miedo que se ha extendido en un cuerpo de apenas metro cincuenta como un cáncer. 
Ya de nada vale si son seis o siete las veces que dicen lo guapa que estás, ya de nada valen los halagos, piropos y mentiras que dicen para agarrar otro trozo de corazón que acabará desprendiéndose. 

Uno y otro van robándote la piel, ya no sacas tu corazón de casa. -Quédatelo. Dices, para qué. Serás uno más entre tantos que han llegado para ver lo guapa que estás y mirar debajo del vestido en vez de detrás de tus ojos. 
-Quédatelo, si de nada vale un corazón que le faltan engranajes que nunca llegaron a rodar. 
Miedo al rechazo y a que te digan que hoy no estás guapa. Que maquillada parecías otra. Quizá más mayor, más bonita, más madura. 

Y me rechacé, con mis rarezas, mis ganas de ver el mundo tras una cámara analógica mientras suena de fondo mi piano. Rechacé los mundos que creaba en mi cabeza pensando que quizá nadie, ni yo misma, repararía en ellos.

Mi palacio mental desapareció y ni si quiera recuerdo las ruinas de lo que un día llegó a ser el palacio con la biblioteca más hermosa que hubiera visto jamás. Bella estaría orgullosa.
Destrocé estanterías mientras pintaba mis labios de rojo. Rompí las hojas de los libros con un tacón de aguja negro y metí mi pequeño cuerpo en un vestido de tubo que no me dejaba respirar. -Hoy seré una mujer fatal. Y cerré mi mente.

Perdí todo,
todo lo que tenía, quería y más apreciaba.

Me maltraté, me odié. Me suicidé. 

Os cuento todo esto desde la cama de mi pequeña habitación, con las manos todavía ensangrentadas porque nadie me enseñó a coser. Tengo un libro a mi izquierda y una taza de té. 
Volví a leer a Bukowski, ver películas de Harry Potter, vestir con pantalones anchos y jerseys que no dejan claro si soy una 90 o una 85. 
Volví a encerrarme noches en mi cuarto para dibujar, sin móvil, sin nada. Volví a tocar el piano durante horas hasta que, probablemente, me sangrasen los dedos sin sentir el mínimo dolor.

He vuelto.

No te voy a aburrir con palabrería sobre el ave Fénix y la resurrección de sus cenizas, pero sí te hablaré de amar. Y no por nada, la primera persona del singular es yo me amo. Ya te amarán después, que tiempo queda.

martes, 5 de diciembre de 2017

Cerveza negra

Cerveza negra.
Siempre cerveza negra. ¿Por qué? Más fuerte que las demás, quizá. Más oscura, más amarga.
Fuerte hasta el último trago, el que decide acabar con ella en medio de un bar a las tantas de la noche. Y ella quieta, viva en sí, no es sino más fuerte.
Más fría, para gustos. Depende lo frías que tengas las manos al tocarla. Tibia, puede. Elegante
Vestida de negro por siempre escondiendo su cuerpo en mil capas de seda.


lunes, 30 de octubre de 2017

Mientras miro un cuadro.

Dime lo que sientes.
No habla.
No habla, sólo mira con sus ojos inyectados en hambre y horror. No habla pero sí cuenta. Una historia de terror de esas que te hacían meterte debajo de la cama creyendo estar a salvo; y ojalá así lo fuera.
¿Dónde te escondes si no hay cama? No tienes una manta donde sentirte resguardado, no sientes. Dejas de sentir el terror cuando se ha adueñado de tu cuerpo y lo ha desmembrado. Y mientras tanto espero con mi abrigo negro y las botas de invierno. Me quejo del frío que hace mientras sostengo en la mano izquierda un café recién hecho a punto de hervir. "Qué frío hace" pienso, cómo me gusta quejarme.
Dime lo que sientes, háblame de lo que es el infierno de verdad, cuéntamelo, quiero sentir lo que sentiste. Y es imposible, no puedes sentir lo que muestran unos ojos cansados de respirar. Ahogados, hace años, en su propia enfermedad esperando a que llegue su momento.
No puedes sentir el terror a seguir viviendo, el terror a aquel humo de la fábrica que nunca dejaba de oler. Putrefacción, escombros y muerte.
¿A qué huele la muerte? Me pregunto, no responde. No responde porque él huele así, él y todos. Incluida yo. Estamos en el sendero de la muerte que acaba convirtiéndose en gas y fuego.
¿Un café?
No responde. Serrín, carne en mal estado y poca agua. Quizá nada de ésta. Y le ofrezco sin miramiento alguno una taza de café caliente. Y me sigo quejando del frío que hace, saco de mi bolso un gorro de lana tejido por mi madre y me lo pongo en la cabeza. Mucho mejor.
Un traje de rayas y nada más. Primavera, verano, otoño e invierno y ojalá llegar a invierno; o no.
La muerte aquí empezaba por los pies.
No habla.
No habla pero sí cuenta, cuenta el horror en sus manos endurecidas y sin uñas.Sus rodillas huesudas llenas de arañazos. Cuenta una historia.
Pero yo sólo soy una espectadora observando con terror un cuadro en una pared. En un museo que nos recuerda el horror vivido, pero no te hace vivirlo.
Tan sólo estoy observando y pidiendo que me cuenten más, por morbo, por curiosidad.

jueves, 12 de octubre de 2017

He dejado de fumar

He dejado de fumar, llevaba tiempo queriendo dejarlo. Siempre pensando en lo mismo, en volver a probar un cigarrillo, tragarme el humo y luego pensar "me estoy matando". Está mal, lo sé. Lo sabía.
En mi cabeza, en mis dedos, siempre estaba jugueteando con los dedos pensando en cuándo sería el siguiente, sin saber si me sentaría mal o bien.
A veces, me sentaba tan bien fumar que me quedaba con ganas demás y ahí venía el problema. Más humo, más ganas, más obsesión. Una droga de mierda más que te va matando poco a poco.

Déjalo ya, te está consumiendo. Llegó un punto que hasta me gustaba ver deshaciéndome poco a poco hasta volverme polvo. Hasta volverme cenizas de otro cigarro mal apagado en el suelo.
Casi me convierto en uno, uno de esos que no valen demasiado en la máquina expendedora. Ni si quiera Malboro, que hasta tenía clase.
Lo he dejado después de meses pensándolo, meses mirando fijamente ese cigarro y diciéndome a mí misma que me estaba ahogando, ahorcándome poco a poco con sus dulces manos. Y lo dejé cuando el taburete estaba a punto de caer y yo con él.
Lo he dejado ya y esto es sólo para autoconvencerme de que jamás volveré. Seguiré viendo gente fumando por la calle.
Sé que ese cigarro volverá, sé que querrá que lo pruebe y hacer de esta línea un círculo del que no pueda escapar.
Pero lo he dejado.


lunes, 9 de octubre de 2017

Cómo un bus pudo con mi erasmus

Las seis y media de la mañana y ya está entrando el sol por una ventana que demos gracias a Dios si lo podemos llamar así. No tenemos cortinas y el señor Lorenzo de Polonia ha decidido darnos los buenos días cada mañana arrancándonos las sábanas de Ikea de las manos.
Y es que no perdona ni en días de resaca, que medio litro de cerveza está a cincuenta céntimos y a mí mi madre siempre me dijo que había que probar cosas nuevas, la cerveza polaca no era excepción. Puedo oír los gritos de mis vecinos italianos y turcos desde el baño junto a mis inquilinos minúsculos que de vez en cuando necesito exterminar, qué le vamos a hacer, no pueden unirse a la fiesta.

martes, 12 de septiembre de 2017

Y quién me enseñó

No sé quién demonios me enseñó que las ganas no se esconden, que los cumplidos no se guardan. Que no hace falta disimular si te pierdes en lo más hondo de unos ojos que ya sabrás cómo salir, si te apetece.
No sé quién me dijo que la vergüenza es de cobardes, pero no debí hacerle mucho caso. Tampoco escuché al que me pidió que guardase mi corazón bajo llave, que corrían malos tiempos. Y aquí estoy. No te voy a mentir, me he convertido en una experta sastre y te diré un secreto: mi corazón es un precioso montón de telas rotas y cosidas varias veces.
Porque dejé de sacar a pasear un tesoro que ni yo me merecía, ni necesitaba a veces. Porque cada vez que respiraba entraba en mi cuerpo el mismo olor. Y en fin, no te voy a hablar de recuerdos ni tardes y noches de verano sudando porque qué te voy a contar a ti.
Apareces y desapareces cuando te apetece, siempre con la misma mirada rasgada y bonita. Y cuando apareces, ay cuando vuelves con esos ojos. Mi alma al diablo vendería por poder pasar más rato nadando en tus pupilas.

Pero tampoco te cuento nada que no sepas ya, porque alguien me dijo hace tiempo que las cosas bonitas son más bonitas cuando se lo dices, que la vergüenza se queda fuera de tu habitación y que tu cuerpo está mucho más bonito cuando voy besándolo poco a poco hasta que tu piel se eriza y me vuelves a mirar como ya sabes.

lunes, 31 de julio de 2017

Minun

Mía, de mí, de yo. 
Mía, y de nadie más. De mis rarezas, de mis miedos, de mis inseguridades. Con mis lágrimas antes de dormir, con mi sonrisa abalaustrada. 
Soy mía pero no me doy cuenta. Mío es mi manía de ponerme un calcetín de cada color, de llevar zapatos de Frankenstein y siempre de negro; porque el negro combina con todo. De llevar un trozo de terciopelo en el cuello y decir que es un colgante, de querer ser maga en Hogwarts aunque aún no me llegó la carta. Pero soy mía. 
Mía sin querer serlo y admitir que no soy como quiero. Mía sin tener terror al 'y qué dirá' sin miedo a que alguien critique cualquier centímetro de mí, una mía capaz de escuchar lo feo que tienen que decir de ti como viento que corre entre los árboles. 

Ojalá mañana me despierte siendo mía. Con mis zapatos negros, mis calcetines bicolor, mis ganas de comerme el mundo aun pesando menos que una pluma. Con mi cámara al cuello, mis trenzas de quinceañera y mis bolitas de anís. 

Ojalá me mire mañana al espejo siendo mía, y de nadie más. Con mis rarezas, mis pocas ganas de levantarme por las mañanas, mi hiperactividad cuando termino de desayunar, mis piezas repetitivas al piano, mis bailes en el baño. Ojalá siendo mía, como debería haberlo sido desde hace veinte años y todavía no he sido capaz de amarme. 
Mía, porque si yo no me quiero ni tú ni nadie lo va a hacer por mí. 

sábado, 29 de julio de 2017

Ponte guapa

Ponte guapa. Maquíllate, hazte esas peripecias que te sabes hacer. Déjate preciosa; las pestañas hasta las nubes, las cejas igualadas, las ojeras fuera de la vista de toda persona ajena.
Pero no te pintes los labios, no vayas a manchar a alguien.
Ponte guapa. Depílate las piernas, estate suave como un cojín de esos que quieres achuchar cuando estás triste. ¿Eso de ahí es un poco de carne que puede que te sobre? Quizá no puedas ponerte tan guapa como él quiere.
'¿Qué ropa me pongo?' quiere que vaya sexy, apretada.  Con las piernas infinitas clavadas en dos tacones de aguja. Tengo que aparentar tener una 95 mínimo si quiero llamar su atención, qué poco culo tengo.
Son las cinco de la tarde y hemos quedado a las nueve. No me da tiempo a todo.

Ponte guapa, ponte guapa, ponte preciosa, intenta aparentar esa perfección que te da hasta pereza tener.
Olvida tus zapatos de doble suela que tanto te gustan, olvida tu peto y tus tops negros, olvídalo. No te va a valer. Hoy toca intentar entrar en esa ropa que apenas deja respirar.

¿Ya estoy guapa? He tapado todas mis imperfecciones con maquillaje, me he depilado hasta el último pelo de mi cuerpo, he calzado mis pies en unos tacones que deben sacarse a la calle con carnet de conducir. Llevo la falda más apretada que tengo y me he puesto unas bragas y sujetador de push-up, un escote hasta el ombligo y me falta ondularme el pelo. Son las 19:30.

Olvida tus gustos, tus temas de conversación favoritos, olvida que escuchas Linkin Park, Shinedown o 30 Seconds To Mars. Hoy eres una de tantas chicas que sólo se fijarán en su físico para echar un polvo y poco más. Hoy no eres tú, hoy eres una chica con código de barras. Recién salida de la fábrica pedida por encargo por ese chico que tanto te gusta.

Agobiada con gustarle, obsesionada con ser 'la chica elegida', tienes que ser perfecta y dan igual tus gustos personales, tienes que gustarle a él, olvídate de ti.
Maquíllate más, se te nota esa peca bajo el ojo todavía, rellénate las cejas y da un poco de color a los labios sin llegar a pintarlos, no vaya a quejarse de que le manchas la boca si le besas.

¿En qué momento decidiste ser quien no eres para gustar a alguien? ¿En qué momento has querido pisar tu personalidad para absorber la 'personalidad compatible' con él? ¿En qué jodido momento todas y cada una de nosotras hemos querido ser otra para gustarle?

La perfección no existe, lo bonito no existe, lo feo tampoco y nadie es capaz de juzgar qué es belleza y qué no.  Pero lo que sí podemos juzgar es toda esa gente que alguna vez nos han obligado directa o indirectamente a ser otra persona, a ser perfectas, a no ser nosotras. A ser una chica con un lavado de cerebro exquisito que se limita a sonreír y esperar a que se la metan.

Porque ojalá tú me estés leyendo y te des cuenta que eres bonita, preciosa e irrepetible.

Has quedado a las 20:00 con ese chico que tanto te gusta y es decisión tuya ir preciosa con maquillaje, tacones de aguja y un escote de infarto o ir preciosa con tu carita lavada y unos vaqueros que seguro, te quedan de lujo.
Con los pies en arenas movedizas y casi sin recordar andar,
qué bonito nombre tienes.

Me tiemblan las piernas, el pulso y las manos al agarrarte
tan fuerte que parece que quiero arrancarte la piel.
Y resoplas,
apenas hay oxígeno.

Llenas mi cuerpo de inseguridades y las arrancas,
con los dedos,
que arrastras desde mi boca hasta más allá del ombligo.
Y te acercas más a mí.

Dime tú cómo voy a mirarte a los ojos si de un beso me los haces cerrar.
Dime tú,
si cada vez que intento respirar me cortas el aire.

Y desnudo, me cantas la canción más bonita del mundo.
Y callada, quedo mirando cómo tus pupilas cambian de posición
y tus labios se rozan con los dientes.

Hasta que clavas tus ojos en los míos,
y se me escapa esa sonrisa de niña de quince años.
De esas que comen bolitas de anís

y te hacen protestar.